14/4/15

Suicidio nº 398

Humo

El humo invadía la mayor parte de mis pulmones. A pesar de todo el entrenamiento, nunca puedes imaginar a qué te vas a enfrentar, a como va a ser la situación o a como vas a enfrentarte cara a cara a víctimas que no han elegido serlo. En este caso, se trataba de un colegio, donde había niños pequeños, grandes, profesores y algunos padres. Otros se habían ofrecido voluntarios. Otros no habían podido soportar la presión y estaban llorando desconsoladamente, hechos un ovillo en el suelo. Las llamas ya habían empezado a alcanzar el segundo piso. Los gritos eran ensordecedores. A pesar del pánico inicial, me ajusté el casco y volví a entrar.

Uno de mis compañeros me siguió con un grito de guerra, como si aquello hiciera menos duro el trabajo que teníamos por delante. Entramos en aquel infierno, sin ser invitados, y eso debió molestar a alguien, ya que una viga calló justo donde nos encontrábamos. Mi compañero tuvo los reflejos y las agallas suficientes para apartarnos a los dos en el último segundo. Le debo más que la vida. Le deberé todas las vidas que salvemos a partir de este día. Pero no era momento de emociones ni agradecimientos, teníamos que continuar.

Entramos en lo que en otro tiempo tuvo que ser un despacho. La imagen me acompañará el resto de mi vida. Había un hombre, de color, tirado en el suelo. Estaba atrapado de cintura para abajo y el abdomen ensangrentado. Poco a poco su vida se iba escapando y era imposible hacer nada por él. A pesar del ruido alrededor, se podía escuchar perfectamente su respiración agonizante. 

-Por favor... Por favor... - Me acerqué a él y me tendió su cartera.- Llame a mi esposa, a mis hijos. Les quiero. Dígale a ella que le amo.

No pudo pronunciar más palabras. Y el tiempo se nos echaba a nosotros encima. El señor, unos segundos después, dejó de respirar. Había hecho el esfuerzo de continuar con vida para enviar el importante mensaje que necesitaba que fuera transmitido a su familia. Guardé en mi traje ignífugo su cartera como si de un preciado tesoro se tratase. 

Seguimos con nuestra búsqueda, esperando tener más suerte la próxima vez. No creo que estuviéramos preparados para escuchar los gritos de los niños sin poder hacer nada para tranquilizarlos. Mi compañero empezaba a desesperar, no sabía hacia donde moverse. Empezamos a ir a ciegas donde las llamaradas parecían más grandes y peligrosas. No estábamos pensando en nuestra propia seguridad, y eso fue un error. Si nosotros perecíamos, no habría ayuda para ellos.

Una voz, salió de la nada y entró directa en mi cabeza. Era una voz profunda. Derecha, izquierda, apártate hacia la derecha o te caerá esa puerta. Derriba ese obstáculo, camina recto. Eran órdenes simples y directas. Encontramos a un grupo de niños, al que mi compañero acompañó al exterior sin problema alguno.

Otra vez, derecha, izquierda, aquí hay un grupo de padres aterrorizado, recto, derecha, derecha, unos niños pequeños agazapados, cuidado con esa habitación que está llena de humo, no entres ahí pues no hay nadie. Derecha, izquierda, izquierda, unos profesores y unos niños, cuidado con ellos que han inhalado mucho humo, derecha, recto...

Así,después de varias horas, la voz de mi cabeza no dejó de acompañarme en un rescate, que sin ella habría sido imposible. Sacamos a todas y cada una de las personas que se encontraban dentro. Algunos estaban desmayados por el humo, otros con un ataque de pánico, niños llorando y padres con la mirada perdida sin decir nada. Pero en esencia, todos sanos y salvos.

Me quité el casco y me senté en el suelo abatidos. Todos, excepto la persona que había hecho posible todo el rescate. Saqué la cartera de mi bolsillo. Sin duda, era su voz. La voz de la persona que había rescatado a todas las personas que se encontraban en el colegio. 

No esperé un minuto más. Abrí la cartera, y saqué una foto familiar donde se veía a un señor muy diferente al que él había conocido, al lado de dos niños pequeños y una mujer preciosa. Detrás de la misma, se veía un teléfono fijo escrito a boli, con un corazón al final. Marqué el número y esperé. Tenía un importante mensaje que transmitir.