18/2/14

Suicidio n 309

El hombre que nunca dijo ni una palabra

Una vez, en algún lugar donde a nadie le importaba ninguna persona de su alrededor (es decir, cualquier ciudad moderna hoy en día) había un hombre que nunca dijo ni una palabra.

No quiere decir que no pudiera hablar, no era mudo. Su madre se preocupó de hacerle muchas pruebas cuando era niño, ya que no sabía bien que podía ocurrirle para no hablar. Pero todos los estudios y pruebas confirmaron que podía hablar sin ningún problema, las cuerdas vocales útiles, el cerebro hacía buena conexión y todas esas cosas que los científicos confirman que son necesarias para provocar el hablar.

Llegaron a la conclusión de que el niño simplemente no quería hablar.

Cuando creció, el mundo le confirmó que necesitaba decir alguna palabra para tomar algunas decisiones, pero se las arregló para vivir la vida sin preocupaciones y sin necesidad de abrir nunca la boca.

La gente le señalaba, hablaba a sus espaldas, se reían de él, le juzgaban y realmente, a él todo aquello no le importaba para nada. Era feliz, su vida era plena. La gente le forzaba a situaciones donde necesitase usar una frase o un monosílabo, pero él simplemente se daba la vuelta y se marchaba. Nunca necesitó decir una sola palabra, no le pareció realmente importante.

El hombre que nunca dijo ni una palabra, en su lecho de muerte, rodeado de la gente que más le quiso, por fin, abrió la boca para hacer un pequeño resumen de su vida.

-Por fin.

Y nunca dijo nada más. No le pareció importante.

2 comentarios:

Bleu Gora dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Bleu Gora dijo...

Qué hermoso. Algo dentro de mí me empuja a ver rasgos de autismo, pero qué ridiculez. Todas las convenciones humanas son nada cuando puedes poner los ojos sobre el todo y no solo una parte. Ha habido personas que creen que el pensar en la muerte es una banalidad, y que si al vivir no hay pensamiento de muerte y al morir no hay pensamiento en absoluto, entonces la muerte solo sería al estar muerto. No sé. Creo que la muerte me sabe hermosa en pensamiento, también. ¿Por qué no apreciarla en su ausencia y formas?